EL GATO QUE TE SACA LOS OJOS

Se acerca el día de la salud mental y, como siempre, tenemos que sufrir la contribución de los medios, las instituciones y las miradas enclaustradas, de los aparatos propagandísticos y los paternalismos del cuñarcado psiquiátrico, voceados por la ignorancia periodística de turno. En esta ocasión, el artículo de Emilio de Benito de El País (patrocinado por Janssen), no tiene desperdicio.

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Tenemos algunas preguntas/reflexiones/acusaciones (teníamos muchas más, pero nos hemos quedado con las más torpes o las más hábiles, según se mire):

1.¿Por qué ese titular?
La mitad de los esquizofrénicos se resiste a admitir la enfermedad”. Empezamos bien. Yo, lector, desconocedor del tema, nada más leer eso (porque sabemos que la mayoría lee solo los titulares, y eso lo tiene muy claro nuestro redactor) pienso “ESOS SON LOS QUE MATAN A GENTE, los que SE RESISTEN”. Porque eso de resistirse está muy mal, sobre todo en estos tiempos. Qué terrible. Podrían estar de puta madre y sin embargo, ahí los tienes a ELLOS (nótese siempre este grado de separación), los QUE SE RESISTEN. El horror de la resistencia. ¿A qué será debida? ¿A quién le importa? Tú habla de la campaña de la farmacéutica avalada por las asociaciones y los testimonios y tira para delante.

Y todo esto, amigo redactor, sin apenas haber leído nada del artículo. Enhorabuena. Diez puntos, colega. Estás haciendo una gran labor contra el estigma.

Ya a partir de aquí, no tendríamos ni que seguir leyendo. Pero lo vamos a hacer por una cuestión de dignidad. Y de voces. Las que tienen que salir de dentro porque no se escuchan las de fuera.

Traduzcamos otra vez, a ver si le pillamos el chiste al tema. Quizá el titular quería decir: EL PROBLEMA DE LOS LOCOS ES QUE NO QUIEREN RECONOCER EL TRATAMIENTO FARMACOLÓGICO, SI SE TOMARAN LAS PASTILLAS TODO IRÍA BIEN. Debe ser eso. Cualquiera que desee investigar un poco sobre el tema verá qué uso se le está dando a la trampa económica de todo patrocinio farmacéutico en el ámbito de la salud mental y la atención sociosanitaria. ¿O es que alguien piensa que una noticia patrocinada podría tener un titular más tipo EL EMPLEO ES EL MEJOR TRATAMIENTO, frase que por otra parte se encuentra en el texto? ¿Por qué ese empeño en destacar algo que es absolutamente subjetivo e indemostrable? La conciencia de enfermedad es, sin duda, el mito que más contribuye al estigma en el ámbito de la diversidad mental.

2. Elige bien las frases, que algo queda.
Otra frase lapidaria dicha así, a puerta gayola. “Pero quizá su principal característica es que se trata de una enfermedad neurodegenerativa que afecta a personas jóvenes”.
Pues mire usted, estimado recopilador de opiniones, igual no. Igual, a día de hoy, su principal característica es que “se trata de una condición social y sanitaria que afecta a la percepción de un conjunto de la sociedad en favor de otro, utilizada como herramienta de control social y manipulada por intereses económicos” o también “ese conjunto de conductas y pensamientos que se consideran disruptoras en un momento cultural determinado, que son tratadas sistemáticamente con medicación de alto valor especulativo, con grandes efectos secundarios, y que llevan a la persona que las manifiesta (sea por la razón que sea) a ser colocado en una posición pasiva o de libertad condicional.

Ah, en cuanto a la neurodegeneración… ¿no decimos nada de los efectos secundarios y adversos de la medicación? Eso mejor no mencionarlo en este artículo, no sea que se nos enfade el pagador…

 

3. Club de fans del hipervínculo.
Fijémonos en esta pequeña perla azul. El hipervínculo.

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En serio, de verdad. ¿Alguien puede explicar la necesidad de colocar el hipervínculo de la búsqueda de la palabra clave ESQUIZOFRENIA en los archivos de El País, en una frase como “LA ESQUIZOFRENIA NO TIENE CURA”? De verdad, Emilio de Benito, y con todos los respetos, no te das cuenta de lo que significa ese gesto. Nuestra mente funciona relacionando conceptos, así es como funda su propia verdad. ¿Por qué elegir la coletilla de “no tiene cura”? ¿Has mirado a dónde dirige tu vínculo, qué noticias se abren al lector que pincha en el link? ¿Has contado las noticias que enlaza sobre asesinatos? Si lo has hecho, es de una poca ética absolutamente deleznable. Y si no te diste cuenta, es que quizá no es el tipo de artículo que deberías escribir. Y de verdad, no creemos que lo estés haciendo con mala fe, pero hay que sopesar lo que se dice cuando se escribe para tanta gente, cuando se generan narrativas que se convierten, hipersticiosamente, en verdades. Es una mínima cuestión de responsabilidad.

4.“El estigma lleva a una peor búsqueda de tratamiento”.
Esta frase es tan absurda que no merece la pena ni comentarla.

5.“El mensaje de Di_capacitados es que la integración es posible, sin edulcorar y sin victimismos”.
Claro, por eso el dominio de su página es esquizofrenia24x7… En fin.

6. La despedida con gominolas.
Y después de todo lo dicho, del pastiche resultante, acabar con el tema de “los medios somos responsables, bla, bla, bla.”. Es cuando menos, insultante. Y si no, remitimos al hipervínculo del punto número 3.

7. El gato que te va a atacar y destrozar y saltarte a los ojos y todo.

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Y para finalizar, vamos al detalle más fascinante (y especialmente hiriente) de todo el artículo. La ilustración de los gatos. ¿Era necesario utilizar CONCRETAMENTE ESA IMAGEN para ilustrar el artículo? ¿Qué se ha querido decir con esto?

¿Que el esquizofrénico que SE RESISTE, acaba pintando el HORROR?

¿Que la esquizofrenia es un terrible monstruo frente al que sólo hay campañas como la de Janssen (alabados sean por salvarnos)?

No, en serio. EN SERIO.

¿Cuál es la justificación para sacar de contexto una obra artística y utilizarla como medio de confusión y proestigmatización?

¿Cómo se puede ser tan torpe?

Porque desde aquí, queremos seguir pensando en la torpeza, ya que de otro modo acabaríamos pensando (y nos llamarían paranoicos) en la utilización del terror a lo desconocido, alimento del estigma, con fines económicos. Y eso no pasa nunca, ¿verdad?

EL LOCO, EL TONTO, Y EL CUÑADO SINVERGÜENZA.

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A vueltas estamos con el tema de la nueva campaña basura de Mediamarkt, esa empresa que lleva años llamándonos TONTOS si no compramos en ella. Ahora la gracieta es “Nos hemos vuelto locos”, su hashtag #yonosoytontoestoyloco, y unas cuantas perlas más sobre fondo rojo y maquetación amarillista digna de los dueños del corral. Una campaña que ellos mismos (y vamos a usar conscientemente el masculino genérico, por el tono paternalista del asunto) califican de “bestia” y “polémica”, con orgullo de cuñarcado. El mensaje está claro: estamos locos porque perdemos el control; ponemos cara de imbécil; nos subimos encima de las señoras del público (véase el penoso vídeo de campaña, p.d.: gracias por poner tu imagen, Arturo Valls, magnífico trabajo interpretativo); nos tienen que atar; camisitas de fuerza de las de antes; somos un peligro; vendemos de todo y a los mejores precios; qué locos; qué idiotas. VENID Y APROVECHAD, QUE ESTAMOS COMO UNA CABRA Y REGALAMOS DUROS A CUATRO PESETAS. O mejor, ya que no eres tonto, PERDERÁS LA CABEZA CON ESTOS PRECIOS, al final TE TENEMOS DONDE QUEREMOS, PRINGAO. Vamos que faltó el símil del electroshock. O igual lo han puesto en algún sitio y no nos hemos percatado.

El caso es que las palabras importan, siempre. Y hoy en día, si la mayoría del cuerpo psiquiátrico es el que defeca los términos que estigmatizan el comportamiento y las acciones con las etiquetas diagnósticas; si las farmacéuticas perpetúan ese miasma con los tratamientos de por vida eternodependientes; si los medios de comunicación se encargan de despertar las asociaciones de la diversidad mental con la exclusividad de la violencia, el miedo y la sangre; si estos tres agentes emiten su mensaje en busca de beneficios, las grandes siervoempresas, los tontódromos del siglo XXI como Mediamarkt, no podían ser menos y apuntarse a una moda muy rentable: estigmatiza que algo queda.

Y algunos dirán que esto es cogérsela con papel de fumar (seguimos con los símiles del cuñarcado), que es con humor, que no hay para tanto… pero de lo que estamos hablando aquí no es sólo del empleo de un término coloquial. De lo que se está hablando aquí es de que lo que el término “locura” es para la mayoría de la población también (y cada vez más) viene influido por lo que estos nuevos agentes de significado (las grandes empresas de venta al por menor) deciden que es real. Quiero decir, si ahora en esta basura de campaña, Mediamarkt decide resucitar la camisa de fuerza, la camisa de fuerza vuelve a existir en el imaginario social. Es así de simple, así de dañino. Así de irresponsable. Y no podemos olvidar una cuestión: son las personas y ÚNICAMENTE las personas en todo caso, quienes tienen el derecho de usar un término referido a sí mismos, con o sin desprecio. Esa lucha ya la mantendremos de otra manera. Pero, insistimos, la locura es un significante que debemos reclamar como sujetos individuales. Y las empresas, como el resto de las instituciones, NO SON UN SUJETO.

Así que ya no se trata de si hay que identificarse con la palabra loco, locura, alocado… no es eso. No se trata de si se ha empleado un término que no es científico, riguroso ni identificativo, precisamente ahí está la trampa. No podrían haber nombrado un diagnóstico porque queda demasiado poco “humorístico” y “de mal gusto”. Han apelado a lo popular. Y en lo popular está el peso de los significados.

Se trata pues de que es la parcela de contribución social que una campaña masiva como ésta hace en el zeitgeist de nuestro entorno. Es el significado que aporta a un significante ya de por sí complejo, que en ocasiones es aterrador y siempre es confuso (no hay más que ver toda la inmundicia mediática que siguió al caso del chico de la ballesta de Barcelona, otra irresponsabilidad por parte de la administración y los medios; o la manida historia de Germanwings). Se trata, por tanto, de que con esta estupidez de campaña, con este insulto a cualquiera, se colabora con la construcción de una visión del descontrol, de lo diferente, de aquello que no es lo que el cuñarcado dice que debería ser, que viene a representar otra gota más de un vaso que nunca se acaba: la obsesión por la línea recta y el miedo a los demás. Es un respaldo, un envés comercial transmitido por los objetos -trampantojos- que deseamos a paradigmas actuales como la Ley Mordaza, como las palizas por el bien común, como la medicalización a quemarropa, como toda relación de poder ejercida sobre otro a partir de una desigualdad.

Por suerte no somos tontos. Ni mudos. Ni nos vamos a callar. Y encima, tenemos la tranquilidad de sopesar nuestras acciones, de reflexionar y de corregirnos. El cuñarcado tiene muy claro que puede pasar por encima de cualquiera, habla de tolerancia, pero no sabe de respeto.

Respetémosnos. No vayamos a comprar a ese lugar. Digamos lo que pensamos. Sigamos construyendo mientras los imbéciles graznan y bailan para vender el elixir de la eterna juventud.

“Una patología mental muy oculta”

“Expertos señalan que el copiloto de Germanwings podría padecer una patología mental muy oculta” es el titular que acabo de leer en 20minutos.es. Titular a lo grande, que incluso se encuentra en la cabecera de la web en el momento en que la estoy consultando. Así que ya estamos con lo mismo. Cuatro días después del accidente de avión en los Alpes, la hipótesis del copiloto suicida -y muy loco, muy depresivo, muy ansioso, muy taciturno, muy todo- es prácticamente un axioma, o al menos así nos lo venden los medios. Así nos lo venden desde el primer minuto. Vieron la puerta abierta a sus fantasías como productores de ansia devoradora en el lector. El humano caníbal vuelve a sus pantallas, para bien del espectador. Ni que decir tiene que este giro de acontecimientos ha tenido mucho, muchísimo más beneficio económico para la compañía (no, nuestros aviones son seguros, es el tío este que se le fue la pinza y NOS ENGAÑÓ) y para los medios de comunicación que han podido (¿qué alivio verdad?) poner de nuevo el agujero negro de la patología mental en alza.

Lo que se dice vender a peso cada palabra.

Porque al fin y al cabo se trata de eso, de buscar una explicación/expiación que satisfaga a la mayoría más interesada (que no es la de los familiares, por supuesto, sino la de las compañías y los encargados de poner en juego la concepción de seguridad/inseguridad, otra vez, sí, ellos, los medios de comunicación).

La salida es la de siempre: frente al muro terrible de la incomprensión absoluta por el acto humano, tendamos el puente de la -supuesta- enfermedad. Y bajo ese puente, como siempre, los cuerpos maltratados por el diagnóstico social y médico.

Así que en esta historia ya tardaban en salir estupideces, frases que son como un ogro -es decir, un enorme y mortífero golem carnívoro que otros más listos que él utilizan para conseguir un beneficio- como la que abre esta pequeña reflexión: “una patología mental muy oculta”. ¿Puede ser una frase más idiota? ¿Puede ser más ridículo el empleo de ese “muy”? Ridículo para la práctica periodística, pero dañino, mucho, para la práctica ética de aquello que representa (y de a quién) como significante cultural. Porque ese “muy” significa ni más ni menos que “como ya hemos establecido que la población piense que todo esto es por un diagnóstico, ahora toca establecer que los procedimientos de detección de la intención de estrellar un avión con 150 personas no nos fallaron, es que estaba muy, pero que muy oculta, oiga, y, por supuesto, es consecuencia directa de una enfermedad, mental, la que sea, oculta, ocultísima”. Patético.

En resumen, un tema que no se acaba, la función principal del estigma del síntoma, del diagnóstico, de la enfermedad mental: la de ser el perfecto chivo expiatorio de cualquier incomprensión sobre la conducta. Siempre ha sido así, cambiando su forma pero manteniendo su fin. Esa es su función, la de tranquilizar en masa. Como un conjuro. Se invoca, se conjura a la enfermedad y todos los borregos asentimos, horrorizados pero más tranquilos. ¿Todos? No claro, aquí de lo que no se habla es de todas aquellas personas que están diagnosticadas, clasificadas, relacionadas con algún tema de salud mental. Depresiones, ansiedades, tristeza, suicidio. Palabras que muchas personas atesoran y sufren, sean o no sean reales, están escritas por otros o por uno mismo en la piel. Palabras que, para colmo, son tabú para el sistema, excepto cuando el sistema las necesita para agredir a una parte de la población por salvar a la mayoría.

Así que seguimos como siempre. La diferencia es que cada vez somos menos los que caemos en la trampa. Alguien estrella un avión con 150 personas (si es que, finalmente fue así). No se comprende. Por supuesto que es doloroso. Por supuesto que cuesta de entender. Se culpa a algún diagnóstico, a algún síntoma. Y con eso se olvida, se hace olvidar, que el síntoma es un concepto construido socioculturalmente y expresado por el cuerpo, que el síntoma no te baja el brazo para oprimir un botón; que lo que adolecemos es de ser humanos y que el mismo hombre, la misma mujer que pueden darte la vida y un abrazo cuando más lo necesitas también pueden estrellarse junto a ti. Con o sin síntomas. Porque la vida es un equilibrio precario, porque de eso va esto de vivir y convivir con el otro, de oscuridad y de luz. Eso no es la enfermedad. La enfermedad es eso a lo que, cada día, le ponemos nombre según nos conviene para dejar de tener miedo (o mejor dicho, para tenerlo apartado en un rincón).

¿Y si fuese más útil tener dispositivos que evitan que un hombre solo dirija un avión?

¿Y si las compañías gastaran más en hacer bien su trabajo y menos en difamar a los que trabajan para ellos?

¿Y si dejamos, de una vez por todas, de llamar enfermedad a aquello que no entendemos?

Aquí os dejo el enlace, por si queréis saber de dónde viene el infame título de este post http://www.20minutos.es/noticia/2418388/0/expertos-psicologia-psiquiatria/copiloto-germanwings/patologia-mental-oculta/#xtor=AD-15&xts=467263

Melanocetus Jansseni

Melanocetus
Imagen: Melanocetus Johnssoni, Wikipedia

1. El Melanocetus Johnssoni es un pez teleósteo del orden de los Lophhiformes, familia del rape. Abisal, con una cabeza y una boca enormes. Os sonará porque tiene un método predador muy característico visualmente: el señuelo, un apéndice sobre la cabeza con el que atraen a sus presas para atraparlas. Cuanto más profundo vive, mejores artimañas emplea, como por ejemplo que sus señuelos sean bioluminiscentes (la química, siempre al rescate de los predadores).

Vamos a decir que la publicidad trabaja igual que el Melanocetus.

Vamos a decir que la publicidad de las farmacéuticas que comercializan medicación psiquiátrica es un asombroso predador.

2. Hace unos cuantos años una empresa mundialmente famosa de refrescos sacó una curiosa campaña que me dio mucho que pensar y me gusta poner como ejemplo de ciertos temas. La campaña en cuestión era muy simple: la empresa donaba una parte -pequeña- del coste de la botella que comprabas para paliar el hambre en algún país africano, a niños, por supuesto. Si mal no recuerdo salió en Navidad, cómo no. El caso es que siempre pensé que era un chantaje. Ni más ni menos. Y un chantaje en el que se depositaba sobre mí como consumidor la responsabilidad de dar de comer a esos niños, porque si, Dios no lo quiera, se me ocurría comprar un refresco de otra compañía (o de ninguna), un niño perdería la oportunidad de sobrevivir.

No tiene nada de raro, por supuesto. Es una campaña más que utiliza el sistema de consumo establecido (ha nacido en él, lo construye a diario junto con nosotros) para hacer lo que necesita hacer: vender, sobrevivir y prosperar. Bien. Y encima los beneficios eran compartidos -ínfimamente, pero algo- con personas que lo necesitaban. Bien.

Pero, ¿era ética?

¿Por qué no optó por donar el dinero, comprásemos o no sus productos, y luego anunciarlo? No deja de ser una trampa publicitaria, pero… ¿No era un poco menos agresiva hacia nosotros, los espectadores y compradores? ¿Menos culpabilizadora?

Como aquella que proclama que los que no son tontos compran allí y el resto, si no lo hacemos, lo somos, de facto. O como esa obra social de una caja que proclama que es “el alma” de la empresa. ¿Es que el resto de su caja de ahorros, el que está al margen de la obra social, no tiene alma?

Claro que no. No la tiene. Pero sabe venderse bien a través de una ayuda, un bien social, un bien común. Es el Gran invento de siempre, ahora con cara nueva. El marketing social, la responsabilidad social de las empresas. El Gran Lobo vestido con la piel de doscientos corderos a los que tú tendrías que ayudar.

3. Y dicho esto, ¿qué os parece si hablamos de la campaña que está pegando más fuerte en nuestro país? #Di_capacitados Sí, la de Janssen…

Vamos por pasos, que hay mucha tela que cortar…

A. Comenzamos por el principio: el dominio principal de la página
La página en cuestión es http://www.esquizofrenia24x7.com. La dirección web, el nombre elegido, ya es revelador, estigmatizante, fácil y pegadizo. Se te cuelga como un pellejo de hierro sobre los ojos y puede que a alguien le alivie, pero quizá es más fácil sentirse abrumado por esas 24 horas los 7 días de la semana que no vienen sino a reclamar lo que las farmacéuticas desean porque es fundamental para su negocio: la CRONICIDAD (no obstante, si estoy equivocado y resulta que 24×7 alude a otra justificación estaré encantado de corregir mi opinión). Porque, por si alguien aún no lo sabe, este proyecto publicitario está dirigido y patrocinado por Janssen (Invega, Risperdal, Topamax…).

B. Los contenidos del inicio, ya sabéis, la página que más se suele visitar dentro de una web, no se quedan atrás. Grandes banners anunciando la campaña de #Di_capacitados, los tipos de tratamiento u otra web más, en este caso Todo sobre esquizofrenia. También hay un fascinante cuestionario de opinión sobre si “en ocasiones olvidas tomar tu medicación oral diaria” o un ejecutable para instalar un diario de toma de medicación y estado de ánimo que puedes “enseñar a tu psiquiatra para que vea tus resultados”.

3. Los contenidos de la web-vástago http://todosobrelaesquizofrenia.com/ se encuentran orientados, como todo el corpus teórico del proyecto publicitario, a destacar el único papel de la medicación y los componentes crónicos de la esquizofrenia. Allí encontramos “regalos” como este:

En la Esquizofrenia es SIEMPRE necesario el tratamiento farmacológico para evitar los desajustes, no se podrá mantener la estabilidad solo con cuidados, por muy buenos que sean.

De lo que se deduce
TRATAMIENTO FARMACOLÓGICO = CIENCIA + BIEN; ALTERNATIVA TERAPÉUTICA = CUIDADOS + MAL

Y otra cosa… Habéis notado cuántas páginas, subpáginas, vastagos, canales de Youtube donde no aparece el nombre de Janssen… Cualquiera malpensaría (paranoicamente, claro) que esa dispersión tiene un fin que no es precisamente el de aclarar…

4. Antes de que alguien diga que es de cándidos pensar que una web construida por una farmacéutica no iba a promocionar sus productos por encima de otras posibilidades, quiero recordar por qué escribo este artículo. Porque, principalmente, es un señuelo publicitario, carece de ética y peca de una irresponsabilidad simbólicamente terrorista al ser uno de los sitios donde una persona caerá desde el desconocimiento, creyendo en lo que promulga como única alternativa a su sufrimiento o al de sus seres queridos. Si esto no es como para escribir un artículo de contrainformación, no sé qué debería serlo. Si esto no es éticamente denunciable quizá deberíamos replantear qué sí lo es. Frases como TODO LO QUE NECESITAS SABER SOBRE LA ESQUIZOFRENIA (que es la portada del canal de Youtube, insisto, en el que no sale el logo de Janssen y también es la dirección a la que dirige una parte del menú) son, ni más ni menos, publicidad engañosa. Engañosa, pretenciosa, sesgada y no sin consecuencias.

5. Más perlas, por ejemplo, en el apartado “Acerca de la esquizofrenia”, entre otras cosas aparece un claro diagrama que viene a redundar en una total discapacitación de la persona con un diagnóstico. Curioso, como siempre, comprobar que el único papel que adjudican como responsabilidad de la persona es el de que consuma o no drogas. El resto (los factores genéticos, los problemas perinatales, los traumatismos craneales, problemas de conducta infantiles…) vienen de fuera y, cómo no, es lo que hay. O quizá es que empleo un concepto de responsabilidad diferente al de la farmacéutica, que lo entiende como culpabilidad y no como algo de lo que uno puede hacerse cargo.

¿De qué sirve lavarse la cara con una campaña como Di_Capacitados si cuando defines lo que -según tu discurso- sucede a esas personas les quitas toda la responsabilidad de sus propias vidas más allá de que consuman drogas o se tomen la medicación? ¿Al final sólo somos eso, un animal que debería controlar lo que ingiere pero para todo lo demás es dependiente? ¿Somos vulnerables o estamos siendo vulnerados?

6. Hay más, mucho más, pero daría para tanto que quizá se haga farragoso. Vamos ahora con la campaña Di_capacitados, la última gota en un vaso bien amplio, con publicidad incluso en cines o en Spotify. Básicamente se trata de una serie de testimonios documentales que, utilizando a personas reales, pone en boca del propio usuario el discurso de la empresa. ¿Cómo? Mediante la edición. No podemos pecar de inocentes pensando que un documental es un hecho veraz, objetivo. Incluso en el mejor de los casos, quien edita las imagenes, guionice o no, siempre está condicionando en primer lugar lo que el espectador va a ver, entender, transmitir.

Resumiendo, la definición literal que podemos encontrar en la página, es esta:

A través del testimonio documental de 10 personas con esquizofrenia que han recuperado las riendas de su vida y conviven con la patología como con cualquier otra enfermedad crónica. 10 personas de distinta edad, entorno geográfico y social, formación, con distintos intereses e inquietudes, con distintos tipos de vida familiar y laboral… pero todos ellos capaces de reivindicar sus capacidades, su ilusión, y la felicidad con la que pueden afrontar su vida. Capaces de contar su ejemplo, más allá del estigma, alentando a otros afectados y familiares para tomar el camino de la recuperación.

Conoceremos su historia personal: el momento de su diagnóstico, cómo la esquizofrenia limitó su vida, qué ha hecho posible su mejoría y, sobre todo, cómo han recuperado su vida, sus ilusiones, proyectos y futuro, viviendo la esquizofrenia sin prejuicios.

De manera que la campaña se dirige con un señuelo claro: historias que no pueden ser cuestionadas porque son respetables, de viva voz, de primera mano. ¿Quién se atrevería a cuestionar su veracidad? Yo no, por supuesto.

Porque en ningún momento se cuestiona desde aquí el testimonio, sino su uso. Si veis los cortos, leed entre líneas. Observad la publicidad de Janssen en los primeros minutos del tráiler de cines. Observad el uso reiterativo de los conceptos “mantener la medicación”, “recaída”, “suicidio”, aliñados con otros evidentemente positivos como la capacidad o la ilusión. Porque el problema es que no es una campaña divulgativa, no es un espacio para dar voz a aquellas personas que no tienen la posibilidad de ser escuchadas y que defienden con dignidad su capacidad frente al estigma. NO. Se trata de una campaña que ya parte desde el principio con un objetivo de predicación misionera y venta de productos milagrosos: los que fabrica Johnson & Johnson a través de Janssen. La excusa es cambiar el discurso social, pero el objetivo es establecer un discurso que facilite la comprensión de una sintomatología como una enfermedad crónica que sólo puede ser tratada eficazmente con fármacos.

7. ¿Servirá la campaña para visibilizar a la población invisible? ¿Para eliminar algo de estigma? ¿Es una nueva forma de dar voz o una más? Ojalá. Pero,  ¿y si lo que estuviese haciendo no fuese ayudar sino intentar anclar aún más un discurso narrativo que sitúa a la persona en una posición de vulneración de su propia responsabilidad, de su vida, de las alternativas que existen -comprobadas y reales- de tratamiento?. ¿Y si pusiese otro palo más en las ruedas de la posibilidad de elaborar otro discurso contra el estigma, una narración de su propia vida que devolviese a la persona el derecho de adjudicar un sentido personal a lo que le ocurre?

8. Como decía antes, el tema es infinito. Da para mucho más. Este artículo solo pretende ser un toque de atención a ese consumidor de objetos hipersticiosos que somos para intentar darle la vuelta y reconocer el valor de los discursos. La hiperstición es un mecanismo por el que se otorga la categoría de veraces a objetos como esta campaña, que han generado una presunción de verdad porque han sabido utilizar las herramientas adecuadas (promesas de estabilidad, recuperación, miedo al suicidio, capacidad, testimonios, bombardeo en los medios, marketing social, desconocimiento del sujeto). Así, uno acaba pensando que ha visto algo auténtico, cierto, verdad. Y no nos damos cuenta de que iba con un archivo adjunto, un virus, un señuelo: todo dependía de comprar el producto que nos venden.

Aviso a navegantes, cuidado con el pez.

 

Sobre salud mental y estigma (V): el autoestigma

Glenn BrownImagen: Glenn Brown

– · –

Para cerrar este pequeño acercamiento a la cuestión del estigma en el constructo de la salud mental, se hace necesario abordar el tema del autoestigma, es decir, la exclusión endógena de la propia persona diagnosticada. Por supuesto, habrá que entender que el proceso es extraordinariamente complejo: causalidades exteriores se unen a los propios procesos de diferenciación comunes a cualquier individuo, mientras la sintomatología apunta, precisamente, a desbordar el acercamiento hacia el Otro. Veamos algunas reflexiones en referencia a este tema.

1. Desde un primer momento, hay que tener en cuenta los costes personales del proceso de identificación como enfermo mental, de la asunción de este rol. Y digo bien rol, ya que no podemos separar la clasificación dentro de un diagnóstico con la clasificación en una categoría de lugar social. Recordemos que esta es una de las premisas de funcionamiento del estigma que colocan a la persona en una inevitable mezcla de malestar “sociorgánico”. Por tanto nos encontramos en un proceso, como se comentaba, de identificación pero, ¿con respecto a qué idea de enfermedad? ¿La de la persona? ¿La de la familia? ¿La del sistema sanitario? ¿La de la orientación del psiquiatra (cuidado, puristas del DSM, el manual orienta, pero el acompañamiento lo hace el sujeto ético del psiquiatra, no su manual) donde uno tiene la mala o buena suerte de caer? Resumiendo, la identificación de la situación de diagnóstico pasa por entender qué expectativas hay que cumplir sobre la significación de ese rol. Esto es, ¿quién define mi enfermedad?

2. Vemos entonces que este proceso del que surgirá una configuración u otra de estigma, funciona a la manera de una metafórica carcoma: es capaz de minar las estructuras más sólidas, pero también es susceptible de ser minimizada por medio del apoyo suficiente. Por supuesto, como es de esperar, ese apoyo por parte del sistema sanitario no es sin esfuerzo, por tanto, no entrará dentro de los protocolos de eficacia que controlan los procesos de entrada y salida del propio sistema. La consecuencia práctica es un abanico de incertidumbres en la persona diagnosticada y una cuestión de responsabilidad individual del grupo de profesionales sanitarios que introducen a esta persona en el mundo psiquiátrico. Así que, siendo sinceros, si vamos a hablar de responsabilidad individual por parte de un sistema que intenta llamarse a sí mismo “eficaz”, ya vamos mal.

3. Para centrar un poco más la cuestión, se podría decir que el autoestigma evoluciona en varias etapas. Resumiendo, se podrían denominar -al menos- cuatro.

  • Etapa inicial o etapa de extrañamiento: la exclusión comienza alimentada, en la mayoría de ocasiones, por una fase que se experimenta extremadamente difícil, ya que se intuye que algo sucede, los demás lo perciben, la familia… los hechos se despliegan con extrañamiento en los eventos sociales como el colegio o la educación secundaria. De esta manera, la persona pre-diagnosticada se va aislando a significaciones de sí misma que redundan en incapacidades con respecto a la norma establecida de aquello que le rodea. La reacción lógica es el aislamiento.
  • Etapa inmediatamente previa al diagnóstico o etapa de descubrimiento: el diagnóstico actúa mediante una ambivalencia radical, por una parte tranquiliza porque encuentra un nombre a lo que sucede, una clasificación dentro de lo posible; por otra parte multiplica el autoestigma hasta alcanzar proporciones insoportables: llena de posibilidades la previsión de lo desconocido, alimentado por el conocimiento incompleto del ambiente que rodea la notificación de diagnóstico.
  • Etapa de identificación o conciencia de enfermedad: de nuevo hay que considerar varios frentes abiertos. Por un lado, desde el sistema se pide una “conciencia de enfermedad” protocolizada, principalmente, a través de la toma voluntaria de la pauta farmacológica y su correlato arcaico: la confesión del síntoma y la promesa de recuperación. Es evidente que es un instante importante para el éxito que se desea, lo que pasa es que no tenemos muy claro quién desea qué y, sobre todo, hay que recordar que la sintomatología depende y mucho del discurso social, personal y médico, de la narración que de sí mismo puede hacer y hace la persona. Para colmo, en este acto de “concienciar al otro”, no se suelen considerar las consecuencias del efecto-palanca que puede sobrevenir al intentar -por la fuerza- que alguien acepte un significado -para colmo volátil y nada sólido- impuesto por un Otro. Otro que, como se comentaba antes, define sus parámetros en ítems como el de la eficacia y baremos económicos y morales, con el error como sombra y la sombra como error.
  • Etapa de asentamiento del rol de enfermo y posteriores: correspondería a la etapa más larga del proceso. Es el autoestigma que permanece al aceptar la diferencia desde una perspectiva que no parece tener fin. Aparece el concepto de cronicidad, como una losa simbólica que atraparía todo lo posible, castrando una esperanza que está impuesta desde fuera en términos como rehabilitación o estabilidad, cuando debería estar sugerida hacia la adquisición, de un lugar, de una posibilidad.

4. Así, el autoestigma promueve el gueto, que si bien en un principio es la mejor manera de aunar fuerzas, en una segunda etapa se convierte en un reducto de aislamiento que replica los patrones sintomatológicos y de funcionamiento de la propia enfermedad. Más aún, la persona no desea estar junto a los que se autodenominan “normales”. El círculo se cierra y se retroalimenta.

5. Por otra parte, tampoco podemos olvidar que, si hay algo que caracteriza a la enfermedad mental en general, es la dificultad de relación con el Otro (al menos de ese Otro tal y como está establecido en este aquí y ahora y en cada aquí y ahora de su momento histórico) y la dificultad de integración de lo propio en ese conjunto social y personal. Se atenderá a una lucha titánica entre los síntomas y los resultados de poner a prueba las diferentes estrategias de disminución de los mismos, jugándose en ello las relaciones externas e internas. Como ya se comentó en los anteriores capítulos, eso permite entender gran parte del estigma, o al menos de aquello que de desconocido y atemorizador tiene. Lo que nunca debería justificar es el empleo del estigma como instrumento de poder. Aunque ya se sabe que este discurso entra dentro de los “no debería” tan impensables como necesarios.

Por tanto, la alternativa propia al propio autoestigma se presenta, una vez más desde el conocimiento y el re-conocimiento. Es decir, la única manera de no autoexcluirse es incluirse, por pura lógica. Sin embargo, esta inclusión no es fácil. Quizá merece la pena empezar por reconocer cuánto de normal tienen los síntomas en cuanto se los reconoce como estrategias de resolución. Ese reconocimiento no conseguirá en modo alguno que la sintomatología no sea dañina, por supuesto, pero minimiza la influencia tenebrosa, culpable o atemorizante que se desprende de todo síntoma y, por ende, el propio síntoma reproduce y aprovecha en su beneficio.

Además, merece la pena confiar en la posibilidad de un corpus humano (mientras se trabaja en modificar un corpus teórico) sanitario que acompañe a este proceso de encuentro con la ruptura que supone la manifestación de la enfermedad. Sin embargo, una vez más, cabe insistir en que no será posible sin un compromiso individual del profesional que supere los patrones de eficacia o deje de entenderlos como significante positivista, práctico y económico. Así, la familia y la persona diagnosticada podrían verse más acompañadas en la comprensión de las circunstancias y menos transportadas por el síntoma hacia el lugar de la exclusión.

Sobre salud mental y estigma (IV): los medios de comunicación

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Imagen: Indocrination – Clifford Judson Huss

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¿Cómo hablar de los medios de comunicación y el estigma en salud mental sin caer en la demagogia? Difícil. Igual que las fuerzas del orden reprimen la violencia con violencia, la demagogia en un sistema demagógico es difícil de evitar. Quizá, de hecho, aquí tenemos una de las claves que girarán en torno a este artículo: la idea de la instrumentalización de la información.

1. Para no ser demagogos, tendríamos que no decir que la mayoría de los medios de comunicación en los que pensamos como concepto, en realidad son aquellos medios de difusión de valores o medios de propaganda -o mejor medios de influencia- al servicio de unos intereses que no parecen cuadrar exactamente con el término comunicación. O al menos, no cuadran si nos movemos en torno al deseo de una cierta posición ética con respecto a nuestras palabras. Así que mejor no emplear estos términos, para no ser acusados de demagogia y acusación típica sobre el cuarto poder. O mejor, usemos estos términos, qué importa. Al menos así entenderemos qué tienen los medios con el estigma. Qué ganan a cambio. Es decir, podríamos esforzarnos por entender por qué no comunican, sino que influyen, infusionan, diría, una serie de valores propios que se desean permanezcan por los intereses que sostienen estos medios. *Y para quien esté pensando “Ya estamos como siempre con la conspiranoia de los medios malos malísimos, igual resulta que lo único que pasa es que el redactor informa del hecho y el hecho suele ser violento” hay una respuesta muy clara: cada uno es responsable de lo que elige publicar, qué, cómo y cuándo. Los discursos generan la realidad, y no al contrario.

2. En referencia al estigma, por tanto, los medios de comunicación, las narrativas periodísticas, visuales, fílmicas y literarias, son responsables sin duda de su establecimiento, alimentación y crecimiento. Colaboran pues, en este proceso de tergiversación de los sucesos emocionales que envuelven a un acontecimiento en la realidad, para la consecución de un interés paternalista y violento en todos sus aspectos. Porque si hay una constante que se repite de manera inexorable, rémora de hierro encadenada, es aquella que se refiere al acto de mostrar y utilizar la enfermedad mental como exhibición dirigida hacia las categorías prácticamente exclusivas de la violencia/muerte y compasión/caridad. Así que los medios, que nunca se renuevan en este sentido (porque el conocimiento verdadero sobre lo que es o no es la enfermedad no se está renovando a según que niveles sociales), se despachan a gusto entre dos polos igual de aberrantes (y por qué no, gustosamente lucrativos): el miedo y el desprecio.

3. En el discurso de la mayoría de personas que he conocido con un diagnóstico de enfermedad mental, aparece que el primer culpable/responsable del estigma son los medios de comunicación. Alguien suficientemente escéptico podría pensar que la persona se encuentra tan dentro del típico discurso -demagógico- sobre la enfermedad que ha elegido al típico cabeza de turco. Lo que quizá no sabe nuestro hipotético escéptico es que lo primero que hace una persona cuando es diagnosticada es buscar, intentar establecer una equivalencia entre aquello con lo que la han rebautizado y la información que conoce o hay disponible en los medios. Y resulta que la mayoría de información que tiene es la que siempre han dado esos mismos medios, aquella de los maníacos y los asesinatos, la madre de Norman Bates y el psicópata austríaco de turno, o en el otro polo, la del vídeo con la música terriblemente conmovedora de Enya, Titanic, y hasta Luis Cobos, en la que alguien con enfermedad consigue tejer un cesto de mimbre en un centro lleno de profesionales que salvan este mundo tan perdido. Lo dicho, miedo o caridad.

4. Así que, si es una gran parte del problema, debería ser una gran parte de la solución. Por supuesto. Pero por ahora, habrá que dar una bofetada de realidad: no está el horno para bollos. Es decir, pretender que los medios de comunicación cambien su discurso y no sostengan el estigma es pedir que toda la sociedad cambiara el rumbo hacia lo desconocido. Lo que sí se puede exigir es la confrontación mutua y la denuncia, a fuerza de conocimiento. Porque, al fin y al cabo, el poder de los medios de comunicación viene otorgado de mano del propio consumidor de la información, que no desea contrastarla. Los discursos comienzan como una entidad vacía que el consumidor y repetidor va llenando de significado. La única explicación para la polarización de los actuales medios es ni más ni menos esa, la comodidad. La ley del mínimo esfuerzo. La recompensa del espectador. *¿Cuál es esta recompensa? La de siempre. La que hace funcionar programas como Gran Hermano: “menos mal que yo no soy como aquél”.

Así que de nuevo se presenta una opción que pasa por volver a considerar el esfuerzo como herramienta para el cambio, esfuerzo para contrastar información, esfuerzo para enriquecerla y esfuerzo para denunciar con todas las herramientas que tenemos a nuestro alcance. No se debería olvidar cuánto de desconocido (prácticamente todo) tiene la enfermedad mental y el efecto que eso tiene a diferentes niveles (de consumo, políticos, económicos, de relación social con el otro). El desconocimiento nos hace más vulnerables, más manipulables. Más estigmatizados. El uso deleznable del diagnóstico mental y los acontecimientos que suceden a su alrededor por parte de los medios de comunicación fundamenta un estado donde lo normal establecido por una facción del poder encuentra su consuelo, su seguridad. Estamos, éticamente, como sujetos individuales, llamados a la guerra ideológica de contrainformación veraz, cotejada y accesible.

Juguemos a la contrademagogia.

Sobre salud mental y estigma (III): los normales

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Imagen: Ocean Dome – Martin Parr

Si en un sitio hay 100 personas y 90 son imbéciles,
¿quiere decir que lo normal es ser imbécil? (…) Jaume

Lo normal no existe. Lo normal si existe. Por supuesto que lo normal existe. Es un significante, una presencia en un momento espacio temporal de una cultura determinada. Existe a cada momento, en cada instante presente de nuestra concepción del mundo. Lo normal es una referencia que nos guía y nos prepara para lo desconocido.

Por eso es rotundamente falso. Lo normal es completamente no-verdad, si estamos entendiendo por “verdad” esa “verdad” taxativa que utiliza el discurso autoritario que se establece desde el poder.

Así que lo normal sí existe, pero no como individuo, sino como conjunto de características definidas según la norma. Y esa norma es tan relativa, que encauzar políticas de exclusión, control y desapropiación del individuo vulnerado según la norma es, además de una falacia, un agente estigmatizante principal. Pasa con otras palabras: digamos “violentos”, “democracia”, “responsabilidad”, “mentira”, “pueblo”, “la gente”, “nosotros”. Veremos que cada uno utiliza el término como le conviene, arrojándolo sobre un Otro.

De esta manera, lo normal, que en sí es un concepto que parte de la inocencia amoral de todo signo, se acaba cargando con la humanidad de lo simbólico, convirtiéndose en el baremo discapacitante (para el Otro) al que nos agarramos en caso de turbulencia identitaria. Así, ambivalentes como somos, si la pertenencia es una de las principales motivaciones en el ser humano, la no-pertenencia, el establecimiento del Otro-fuera-de-mí, será la obsesión del sujeto social.

No obstante, veremos que hay dos tipos principales de diferenciación: la que se refiere a la separación necesaria del Otro, (sin ella es imposible el proyecto de constitución de una identidad propia) y la que se basa en una relación de miedo a la diferencia (sin ella tendremos que asumir una parte de nosotros que es terriblemente molesta).

Y como hablamos de estigma y enfermedad mental, hablemos de la segunda función, la puramente estigmática: la del miedo. La evolución, además de smartphones, viajes low-cost, comidas precocinadas y Facebook, nos regala, sobre todo, miedo sin contrapartida. Es decir, de bien seguro que el miedo es constitutivo del ser humano, pero quizá en otros momentos sociales ha sido socorrido -sostenido- por las estructuras culturales de una manera más eficaz que en el momento actual. Quizá porque ahora se utiliza el miedo para vender, no para con-vencer (pasar de una lucha entre sujetos a una lucha por el objeto quizá nos ha dejado un extra de miedo inesperado).

Conforme la estructura social se vuelve menos sólida, el desmoronamiento de todo lo que soporta al sujeto se hace más patente. Se huele. Se puede tocar. El miedo nos cría y criamos con miedo. Compramos felicidad a causa del miedo, pero esa compra aún genera más terror. Es una lógica matemática con un claro perdedor. Esa parece ser la única invariable muestra de herencia. El espacio de seguridad se ha reducido, con lo que sólo parece que lo seguro es temer, el repliegue sobre sí mismo da la tranquilidad de antes del parto. La retirada que pareciera, en algunos casos, llevar a la implosión.

Así que, contra el miedo: el bálsamo del tigre. El bálsamo falso del estigma. Considerar la adquisición de una identidad, de una estructura segura donde moverme como sujeto, a partir de estigmatizar al Otro. Un mecanismo que responde a “yo sé lo que soy, porque no soy tú”. Y, como se comentaba al principio, eso no debería ser nada fuera de lo común (la formación de la propia identidad, de un yo autónomo, pasa por ahí) si no fuese porque se emplea para la humillación del Otro, su eliminación en el discurso, en el verbo y en la carne, el alejamiento de aquel que es diferente a mí, aquello a lo que le tengo tanto miedo.

Porque nunca debemos olvidar que aquello que se estigmatiza se reconoce como propio, nadie impone una marca de separación con aquello que le es completamente ajeno. Y aquí tenemos una de las razones del éxito global, universal, del estigma hacia la esquizofrenia y el resto de diagnósticos y síntomas: la enfermedad mental es demasiado propia a cada ser humano. No hay nadie que no reconozca en la enfermedad lo propio, la imagen de sí mismo que se niega a asumir. La parte de humano, demasiado humano, que nos molesta aceptar a todos.

De esta manera, son más que dudosos los resultados de la mayoría de campañas contra el estigma, tímidas y concretas, que no suelen salir del circuito, como lo son los de las campañas contra el tabaco, la violencia o los accidentes de tráfico. Como siempre, inciden en el hecho, no en la causa. Es decir, apuntan a detener el problema sin que sea entendido por ninguna de las partes afectadas. Así, se consigue un parche que quizá pueda calar en algún individuo, pero ni mucho menos se convierte en poso del que pueda germinar alguna estructura de pensamiento diferente. Cabe pensar, por tanto, que la mejor campaña sería la que comenzara a partir de los profesionales que trabajan en esto (cuestionar sus estigmas profesionales), las familias afectadas (cuestionar los estigmas referentes a la culpa) y las propias personas que han sido diagnosticadas (cuestionando el autoestigma).

Entender lo propio para que el Otro no tenga miedo de lo que a mí también me aterra. Y, por otro lado, entender qué función cumple el estigma en la sociedad “normalizada”, porque absolutamente todos poseemos referencias normalizadas y referencias enfermas con respecto a los funcionamientos y síntomas de los demás.