Sobre salud mental y estigma (I): profesionales asistenciales

Une_leçon_clinique_à_la_SalpêtrièreImagen: Lección clínica en la Salpêtrière(1887) de Pierre Andre Brouillet.

 

Estigma es una palabra política. Una representación de la diferencia que, a fuerza de eliminar la visibilidad, establece una visualización concreta pero variable. De esta manera, cuando elaboramos un discurso (esto es, una posición ideológica, semántica, ética) en torno al concepto de estigma es interesante tener en cuenta los diferentes planos en los que se mueve. El estigma contemporáneo que se despliega en relación a la enfermedad mental no es, en absoluto, un conflicto de una sola dirección.

En este sentido, habría que tener en cuenta diferentes agentes presentes en su generación, uso y mantenimiento. Podríamos comenzar aislando, al menos, cinco: los profesionales del sistema sanitario, la familia, “los normales”, los medios de comunicación y el denominado autoestigma, propio de la persona a partir de su señalamiento social (ya sea por medio del diagnóstico o por otros métodos socioculturales).

Comencemos, pues, en este primer capítulo por los primeros, los profesionales del sistema sanitario o asistencial: psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, educadores, trabajadores familiares, auxiliares, gestores, etc.

Para comenzar, no podemos olvidar que el sistema sanitario se construye de facto en relación a los profesionales que comulgan o no con los valores de sus instituciones, equipos, colegas de trabajo, disciplinas u orientaciones (hoy no vamos a hablar de los amamantados por los patrocinios farmacéuticos, que de esos temas ya se encargan otros compañeros como los de Postpsiquiatría). Digan lo que digan, existe una premisa axiomática por la que cada profesional es dueño de su propia decisión en cuanto a la posición, trato y relación para con la persona usuaria de su servicio. Hartan ya las posiciones discursivas de “yo hago lo que me mandan” o “es el protocolo”. Y mejor no hablemos de aquellas que se traducen en un vergonzoso “mira lo que me haces hacer”.

Es fascinante ver cuántos profesionales se quejan de que no pueden cambiar sus actitudes, protocolos o metodologías en favor del otro pero pretenden “enseñar” habilidades sociales en un taller de una hora (este tema dará para otro post entero, cómo no). Nuestras resistencias son desmesuradamente rígidas. Como no podía ser de otra forma, cuanto menos se cuestiona su actuación el profesional, más le exige al otro. Y por supuesto, eso es estigma.

Haced la prueba. Intentad hablar con alguien (siempre generalizando, claro) del ramo sanitario en salud mental (aunque también vale para otros, geriatría, infantil, etc.) y proponedle que se cuestione el lugar que ocupa para la persona con la que trabaja, para aquella a la que pretende ayudar. Muchos dirán que se encuentran en una cruzada para salvar el mundo, en una compasión por el otro digna de la Madre Teresa de Calcuta. Lo dirán con otras palabras, por supuesto, porque la exhibición pornográfica de la caridad no está del todo bien vista. Lo vestirán de protocolos y de buenas intenciones. De orientaciones, disciplina y esquemas de intervención. De sonrisas y ninguna lágrima, claro. De años de experiencia. Huyamos de estos profesionales que, por cierto, son legión. Porque hay que huir de cualquier terapeuta que dice saber lo que el otro necesita. Ahí tenemos, como un pelo en la sopa, a nuestra primera identificación del estigma profesional.

Saber lo que el otro necesita es imposible. Impensable. Es una rotunda imposibilidad que nos estructura como sujetos. Por tanto, quien establece una relación asistencial en función de lo que “cree” que el otro quiere, se convierte en agente generador de diferencia, uno de los peores, ya que es un estigma de ayuda: el establecimiento de una relación de poder en virtud del lugar en que el otro le ha colocado. Así, es en esta posición de saber omnívoro, éticamente obsceno, donde encontramos a aquellos profesionales que han venido a ver la película, personas que ocultan sus propias miserias donando su saber al otro, sin el otro. Personas que, en definitiva, son fácilmente distinguibles por su facilidad de trato con el paciente o usuario (siempre desde la dicotomía azucarillo-latigazo) y su dificultad para con el compañero, subordinado o superior. Y es que este tipo de profesionales sólo sabe funcionar bien cuando detecta, considera o se refiere al otro desde la diferencia. Cuando pone al acompañado como un discapaz, menos válido. Si siente que la relación está establecida de igual a igual, entra en competencia o descontrol.

Porque estamos hablando de la propia dificultad personal y profesional de relación normalizada con el otro, canalizada a través de la práctica terapéutica, donde el profesional se siente fuerte e incuestionable. Es, por inferencia, una evidencia del estigma que deposita en el otro asistido, al que otorga un lugar inferior porque lo excluye de su propio plano relacional. Es el estigma de la relación asistencial basada en el poder.

Por tanto, veremos este estigma, esta marca, en ese profesional que suspira cuando el otro cuenta algo. Que se deleita con la confesión. Oye, pero no escucha; seduce pero no sostiene. Algo que la persona asistida, vulnerada por esta presencia, resuelve por el propio asfixiado a través del engorde (aceptar sin contemplaciones la opinión del profesional), la negación (evitar, contrarrestar, cabalgar sobre el síntoma, luchar allí donde uno fue a descansar) o, por supuesto, la culpa. Síndrome de Estocolmo u odio infinito. No hay otra cosa que hacer con aquellos que se erigen en seudopadres, seudomadres y seudoinstituciones. Huid, huyamos, de ellos. Son los responsables del estigma que mantiene el sentimiento de culpabilidad.

Pero quizá sí que hay algo que se puede hacer: cuestionar. Cuestionémosles. Preguntémosles por sus actuaciones, desde el desconocimiento, desde el derecho de quien trabaja sobre y a través de nuestro cuerpo y nuestra mente.

Y no os preocupéis por su lugar, quien sabe escuchar nunca tendrá miedo de una nueva pregunta.

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2 comentarios en “Sobre salud mental y estigma (I): profesionales asistenciales

  1. Rizando el rizo, el problema son a veces otros pacientes que aparecen como activistas de campañas diseñados por otros (los “sanos” naturalmente), que pontifican sobre cuales son los caminos a seguir. Los caminos de la “normalidad” usualmente, con lo cual dificilmente llegaremos a integrar nunca un concepto que a mí me parece importante, que es el respeto a la diversidad psiquica. Otros diagnosticados hacen tambien libros sobre sus experiencias. No se hasta que punto esto refuerza estereotipos y topicos en lugar de combatirlos y muestra al público en general una especie de obligacion de tomar vias de “redencion”, que muchas veces me parecen caminos muy trillados.

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    1. Claro, Josep David. Igual que hay personas que se agarran a su identificación como paciente o a la medicación como la única salida y les funciona, aunque el precio a pagar (social, personal, ético) pueda ser alto. Desde luego es algo a tener en cuenta y de lo que no se suele hablar. Las campañas de las farmacéuticas juegan mucho con este tema, como la última de Janssen (de la que hablaremos en breve) que aprovecha la colaboración de las asociaciones de familiares y de los usuarios de las mismas para vender sus productos. Gracias por leer y comentar.

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