Sobre salud mental y estigma (IV): los medios de comunicación

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Imagen: Indocrination – Clifford Judson Huss

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¿Cómo hablar de los medios de comunicación y el estigma en salud mental sin caer en la demagogia? Difícil. Igual que las fuerzas del orden reprimen la violencia con violencia, la demagogia en un sistema demagógico es difícil de evitar. Quizá, de hecho, aquí tenemos una de las claves que girarán en torno a este artículo: la idea de la instrumentalización de la información.

1. Para no ser demagogos, tendríamos que no decir que la mayoría de los medios de comunicación en los que pensamos como concepto, en realidad son aquellos medios de difusión de valores o medios de propaganda -o mejor medios de influencia- al servicio de unos intereses que no parecen cuadrar exactamente con el término comunicación. O al menos, no cuadran si nos movemos en torno al deseo de una cierta posición ética con respecto a nuestras palabras. Así que mejor no emplear estos términos, para no ser acusados de demagogia y acusación típica sobre el cuarto poder. O mejor, usemos estos términos, qué importa. Al menos así entenderemos qué tienen los medios con el estigma. Qué ganan a cambio. Es decir, podríamos esforzarnos por entender por qué no comunican, sino que influyen, infusionan, diría, una serie de valores propios que se desean permanezcan por los intereses que sostienen estos medios. *Y para quien esté pensando “Ya estamos como siempre con la conspiranoia de los medios malos malísimos, igual resulta que lo único que pasa es que el redactor informa del hecho y el hecho suele ser violento” hay una respuesta muy clara: cada uno es responsable de lo que elige publicar, qué, cómo y cuándo. Los discursos generan la realidad, y no al contrario.

2. En referencia al estigma, por tanto, los medios de comunicación, las narrativas periodísticas, visuales, fílmicas y literarias, son responsables sin duda de su establecimiento, alimentación y crecimiento. Colaboran pues, en este proceso de tergiversación de los sucesos emocionales que envuelven a un acontecimiento en la realidad, para la consecución de un interés paternalista y violento en todos sus aspectos. Porque si hay una constante que se repite de manera inexorable, rémora de hierro encadenada, es aquella que se refiere al acto de mostrar y utilizar la enfermedad mental como exhibición dirigida hacia las categorías prácticamente exclusivas de la violencia/muerte y compasión/caridad. Así que los medios, que nunca se renuevan en este sentido (porque el conocimiento verdadero sobre lo que es o no es la enfermedad no se está renovando a según que niveles sociales), se despachan a gusto entre dos polos igual de aberrantes (y por qué no, gustosamente lucrativos): el miedo y el desprecio.

3. En el discurso de la mayoría de personas que he conocido con un diagnóstico de enfermedad mental, aparece que el primer culpable/responsable del estigma son los medios de comunicación. Alguien suficientemente escéptico podría pensar que la persona se encuentra tan dentro del típico discurso -demagógico- sobre la enfermedad que ha elegido al típico cabeza de turco. Lo que quizá no sabe nuestro hipotético escéptico es que lo primero que hace una persona cuando es diagnosticada es buscar, intentar establecer una equivalencia entre aquello con lo que la han rebautizado y la información que conoce o hay disponible en los medios. Y resulta que la mayoría de información que tiene es la que siempre han dado esos mismos medios, aquella de los maníacos y los asesinatos, la madre de Norman Bates y el psicópata austríaco de turno, o en el otro polo, la del vídeo con la música terriblemente conmovedora de Enya, Titanic, y hasta Luis Cobos, en la que alguien con enfermedad consigue tejer un cesto de mimbre en un centro lleno de profesionales que salvan este mundo tan perdido. Lo dicho, miedo o caridad.

4. Así que, si es una gran parte del problema, debería ser una gran parte de la solución. Por supuesto. Pero por ahora, habrá que dar una bofetada de realidad: no está el horno para bollos. Es decir, pretender que los medios de comunicación cambien su discurso y no sostengan el estigma es pedir que toda la sociedad cambiara el rumbo hacia lo desconocido. Lo que sí se puede exigir es la confrontación mutua y la denuncia, a fuerza de conocimiento. Porque, al fin y al cabo, el poder de los medios de comunicación viene otorgado de mano del propio consumidor de la información, que no desea contrastarla. Los discursos comienzan como una entidad vacía que el consumidor y repetidor va llenando de significado. La única explicación para la polarización de los actuales medios es ni más ni menos esa, la comodidad. La ley del mínimo esfuerzo. La recompensa del espectador. *¿Cuál es esta recompensa? La de siempre. La que hace funcionar programas como Gran Hermano: “menos mal que yo no soy como aquél”.

Así que de nuevo se presenta una opción que pasa por volver a considerar el esfuerzo como herramienta para el cambio, esfuerzo para contrastar información, esfuerzo para enriquecerla y esfuerzo para denunciar con todas las herramientas que tenemos a nuestro alcance. No se debería olvidar cuánto de desconocido (prácticamente todo) tiene la enfermedad mental y el efecto que eso tiene a diferentes niveles (de consumo, políticos, económicos, de relación social con el otro). El desconocimiento nos hace más vulnerables, más manipulables. Más estigmatizados. El uso deleznable del diagnóstico mental y los acontecimientos que suceden a su alrededor por parte de los medios de comunicación fundamenta un estado donde lo normal establecido por una facción del poder encuentra su consuelo, su seguridad. Estamos, éticamente, como sujetos individuales, llamados a la guerra ideológica de contrainformación veraz, cotejada y accesible.

Juguemos a la contrademagogia.

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