“Una patología mental muy oculta”

“Expertos señalan que el copiloto de Germanwings podría padecer una patología mental muy oculta” es el titular que acabo de leer en 20minutos.es. Titular a lo grande, que incluso se encuentra en la cabecera de la web en el momento en que la estoy consultando. Así que ya estamos con lo mismo. Cuatro días después del accidente de avión en los Alpes, la hipótesis del copiloto suicida -y muy loco, muy depresivo, muy ansioso, muy taciturno, muy todo- es prácticamente un axioma, o al menos así nos lo venden los medios. Así nos lo venden desde el primer minuto. Vieron la puerta abierta a sus fantasías como productores de ansia devoradora en el lector. El humano caníbal vuelve a sus pantallas, para bien del espectador. Ni que decir tiene que este giro de acontecimientos ha tenido mucho, muchísimo más beneficio económico para la compañía (no, nuestros aviones son seguros, es el tío este que se le fue la pinza y NOS ENGAÑÓ) y para los medios de comunicación que han podido (¿qué alivio verdad?) poner de nuevo el agujero negro de la patología mental en alza.

Lo que se dice vender a peso cada palabra.

Porque al fin y al cabo se trata de eso, de buscar una explicación/expiación que satisfaga a la mayoría más interesada (que no es la de los familiares, por supuesto, sino la de las compañías y los encargados de poner en juego la concepción de seguridad/inseguridad, otra vez, sí, ellos, los medios de comunicación).

La salida es la de siempre: frente al muro terrible de la incomprensión absoluta por el acto humano, tendamos el puente de la -supuesta- enfermedad. Y bajo ese puente, como siempre, los cuerpos maltratados por el diagnóstico social y médico.

Así que en esta historia ya tardaban en salir estupideces, frases que son como un ogro -es decir, un enorme y mortífero golem carnívoro que otros más listos que él utilizan para conseguir un beneficio- como la que abre esta pequeña reflexión: “una patología mental muy oculta”. ¿Puede ser una frase más idiota? ¿Puede ser más ridículo el empleo de ese “muy”? Ridículo para la práctica periodística, pero dañino, mucho, para la práctica ética de aquello que representa (y de a quién) como significante cultural. Porque ese “muy” significa ni más ni menos que “como ya hemos establecido que la población piense que todo esto es por un diagnóstico, ahora toca establecer que los procedimientos de detección de la intención de estrellar un avión con 150 personas no nos fallaron, es que estaba muy, pero que muy oculta, oiga, y, por supuesto, es consecuencia directa de una enfermedad, mental, la que sea, oculta, ocultísima”. Patético.

En resumen, un tema que no se acaba, la función principal del estigma del síntoma, del diagnóstico, de la enfermedad mental: la de ser el perfecto chivo expiatorio de cualquier incomprensión sobre la conducta. Siempre ha sido así, cambiando su forma pero manteniendo su fin. Esa es su función, la de tranquilizar en masa. Como un conjuro. Se invoca, se conjura a la enfermedad y todos los borregos asentimos, horrorizados pero más tranquilos. ¿Todos? No claro, aquí de lo que no se habla es de todas aquellas personas que están diagnosticadas, clasificadas, relacionadas con algún tema de salud mental. Depresiones, ansiedades, tristeza, suicidio. Palabras que muchas personas atesoran y sufren, sean o no sean reales, están escritas por otros o por uno mismo en la piel. Palabras que, para colmo, son tabú para el sistema, excepto cuando el sistema las necesita para agredir a una parte de la población por salvar a la mayoría.

Así que seguimos como siempre. La diferencia es que cada vez somos menos los que caemos en la trampa. Alguien estrella un avión con 150 personas (si es que, finalmente fue así). No se comprende. Por supuesto que es doloroso. Por supuesto que cuesta de entender. Se culpa a algún diagnóstico, a algún síntoma. Y con eso se olvida, se hace olvidar, que el síntoma es un concepto construido socioculturalmente y expresado por el cuerpo, que el síntoma no te baja el brazo para oprimir un botón; que lo que adolecemos es de ser humanos y que el mismo hombre, la misma mujer que pueden darte la vida y un abrazo cuando más lo necesitas también pueden estrellarse junto a ti. Con o sin síntomas. Porque la vida es un equilibrio precario, porque de eso va esto de vivir y convivir con el otro, de oscuridad y de luz. Eso no es la enfermedad. La enfermedad es eso a lo que, cada día, le ponemos nombre según nos conviene para dejar de tener miedo (o mejor dicho, para tenerlo apartado en un rincón).

¿Y si fuese más útil tener dispositivos que evitan que un hombre solo dirija un avión?

¿Y si las compañías gastaran más en hacer bien su trabajo y menos en difamar a los que trabajan para ellos?

¿Y si dejamos, de una vez por todas, de llamar enfermedad a aquello que no entendemos?

Aquí os dejo el enlace, por si queréis saber de dónde viene el infame título de este post http://www.20minutos.es/noticia/2418388/0/expertos-psicologia-psiquiatria/copiloto-germanwings/patologia-mental-oculta/#xtor=AD-15&xts=467263

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Sobre salud mental y estigma (V): el autoestigma

Glenn BrownImagen: Glenn Brown

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Para cerrar este pequeño acercamiento a la cuestión del estigma en el constructo de la salud mental, se hace necesario abordar el tema del autoestigma, es decir, la exclusión endógena de la propia persona diagnosticada. Por supuesto, habrá que entender que el proceso es extraordinariamente complejo: causalidades exteriores se unen a los propios procesos de diferenciación comunes a cualquier individuo, mientras la sintomatología apunta, precisamente, a desbordar el acercamiento hacia el Otro. Veamos algunas reflexiones en referencia a este tema.

1. Desde un primer momento, hay que tener en cuenta los costes personales del proceso de identificación como enfermo mental, de la asunción de este rol. Y digo bien rol, ya que no podemos separar la clasificación dentro de un diagnóstico con la clasificación en una categoría de lugar social. Recordemos que esta es una de las premisas de funcionamiento del estigma que colocan a la persona en una inevitable mezcla de malestar “sociorgánico”. Por tanto nos encontramos en un proceso, como se comentaba, de identificación pero, ¿con respecto a qué idea de enfermedad? ¿La de la persona? ¿La de la familia? ¿La del sistema sanitario? ¿La de la orientación del psiquiatra (cuidado, puristas del DSM, el manual orienta, pero el acompañamiento lo hace el sujeto ético del psiquiatra, no su manual) donde uno tiene la mala o buena suerte de caer? Resumiendo, la identificación de la situación de diagnóstico pasa por entender qué expectativas hay que cumplir sobre la significación de ese rol. Esto es, ¿quién define mi enfermedad?

2. Vemos entonces que este proceso del que surgirá una configuración u otra de estigma, funciona a la manera de una metafórica carcoma: es capaz de minar las estructuras más sólidas, pero también es susceptible de ser minimizada por medio del apoyo suficiente. Por supuesto, como es de esperar, ese apoyo por parte del sistema sanitario no es sin esfuerzo, por tanto, no entrará dentro de los protocolos de eficacia que controlan los procesos de entrada y salida del propio sistema. La consecuencia práctica es un abanico de incertidumbres en la persona diagnosticada y una cuestión de responsabilidad individual del grupo de profesionales sanitarios que introducen a esta persona en el mundo psiquiátrico. Así que, siendo sinceros, si vamos a hablar de responsabilidad individual por parte de un sistema que intenta llamarse a sí mismo “eficaz”, ya vamos mal.

3. Para centrar un poco más la cuestión, se podría decir que el autoestigma evoluciona en varias etapas. Resumiendo, se podrían denominar -al menos- cuatro.

  • Etapa inicial o etapa de extrañamiento: la exclusión comienza alimentada, en la mayoría de ocasiones, por una fase que se experimenta extremadamente difícil, ya que se intuye que algo sucede, los demás lo perciben, la familia… los hechos se despliegan con extrañamiento en los eventos sociales como el colegio o la educación secundaria. De esta manera, la persona pre-diagnosticada se va aislando a significaciones de sí misma que redundan en incapacidades con respecto a la norma establecida de aquello que le rodea. La reacción lógica es el aislamiento.
  • Etapa inmediatamente previa al diagnóstico o etapa de descubrimiento: el diagnóstico actúa mediante una ambivalencia radical, por una parte tranquiliza porque encuentra un nombre a lo que sucede, una clasificación dentro de lo posible; por otra parte multiplica el autoestigma hasta alcanzar proporciones insoportables: llena de posibilidades la previsión de lo desconocido, alimentado por el conocimiento incompleto del ambiente que rodea la notificación de diagnóstico.
  • Etapa de identificación o conciencia de enfermedad: de nuevo hay que considerar varios frentes abiertos. Por un lado, desde el sistema se pide una “conciencia de enfermedad” protocolizada, principalmente, a través de la toma voluntaria de la pauta farmacológica y su correlato arcaico: la confesión del síntoma y la promesa de recuperación. Es evidente que es un instante importante para el éxito que se desea, lo que pasa es que no tenemos muy claro quién desea qué y, sobre todo, hay que recordar que la sintomatología depende y mucho del discurso social, personal y médico, de la narración que de sí mismo puede hacer y hace la persona. Para colmo, en este acto de “concienciar al otro”, no se suelen considerar las consecuencias del efecto-palanca que puede sobrevenir al intentar -por la fuerza- que alguien acepte un significado -para colmo volátil y nada sólido- impuesto por un Otro. Otro que, como se comentaba antes, define sus parámetros en ítems como el de la eficacia y baremos económicos y morales, con el error como sombra y la sombra como error.
  • Etapa de asentamiento del rol de enfermo y posteriores: correspondería a la etapa más larga del proceso. Es el autoestigma que permanece al aceptar la diferencia desde una perspectiva que no parece tener fin. Aparece el concepto de cronicidad, como una losa simbólica que atraparía todo lo posible, castrando una esperanza que está impuesta desde fuera en términos como rehabilitación o estabilidad, cuando debería estar sugerida hacia la adquisición, de un lugar, de una posibilidad.

4. Así, el autoestigma promueve el gueto, que si bien en un principio es la mejor manera de aunar fuerzas, en una segunda etapa se convierte en un reducto de aislamiento que replica los patrones sintomatológicos y de funcionamiento de la propia enfermedad. Más aún, la persona no desea estar junto a los que se autodenominan “normales”. El círculo se cierra y se retroalimenta.

5. Por otra parte, tampoco podemos olvidar que, si hay algo que caracteriza a la enfermedad mental en general, es la dificultad de relación con el Otro (al menos de ese Otro tal y como está establecido en este aquí y ahora y en cada aquí y ahora de su momento histórico) y la dificultad de integración de lo propio en ese conjunto social y personal. Se atenderá a una lucha titánica entre los síntomas y los resultados de poner a prueba las diferentes estrategias de disminución de los mismos, jugándose en ello las relaciones externas e internas. Como ya se comentó en los anteriores capítulos, eso permite entender gran parte del estigma, o al menos de aquello que de desconocido y atemorizador tiene. Lo que nunca debería justificar es el empleo del estigma como instrumento de poder. Aunque ya se sabe que este discurso entra dentro de los “no debería” tan impensables como necesarios.

Por tanto, la alternativa propia al propio autoestigma se presenta, una vez más desde el conocimiento y el re-conocimiento. Es decir, la única manera de no autoexcluirse es incluirse, por pura lógica. Sin embargo, esta inclusión no es fácil. Quizá merece la pena empezar por reconocer cuánto de normal tienen los síntomas en cuanto se los reconoce como estrategias de resolución. Ese reconocimiento no conseguirá en modo alguno que la sintomatología no sea dañina, por supuesto, pero minimiza la influencia tenebrosa, culpable o atemorizante que se desprende de todo síntoma y, por ende, el propio síntoma reproduce y aprovecha en su beneficio.

Además, merece la pena confiar en la posibilidad de un corpus humano (mientras se trabaja en modificar un corpus teórico) sanitario que acompañe a este proceso de encuentro con la ruptura que supone la manifestación de la enfermedad. Sin embargo, una vez más, cabe insistir en que no será posible sin un compromiso individual del profesional que supere los patrones de eficacia o deje de entenderlos como significante positivista, práctico y económico. Así, la familia y la persona diagnosticada podrían verse más acompañadas en la comprensión de las circunstancias y menos transportadas por el síntoma hacia el lugar de la exclusión.

Sobre salud mental y estigma (IV): los medios de comunicación

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Imagen: Indocrination – Clifford Judson Huss

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¿Cómo hablar de los medios de comunicación y el estigma en salud mental sin caer en la demagogia? Difícil. Igual que las fuerzas del orden reprimen la violencia con violencia, la demagogia en un sistema demagógico es difícil de evitar. Quizá, de hecho, aquí tenemos una de las claves que girarán en torno a este artículo: la idea de la instrumentalización de la información.

1. Para no ser demagogos, tendríamos que no decir que la mayoría de los medios de comunicación en los que pensamos como concepto, en realidad son aquellos medios de difusión de valores o medios de propaganda -o mejor medios de influencia- al servicio de unos intereses que no parecen cuadrar exactamente con el término comunicación. O al menos, no cuadran si nos movemos en torno al deseo de una cierta posición ética con respecto a nuestras palabras. Así que mejor no emplear estos términos, para no ser acusados de demagogia y acusación típica sobre el cuarto poder. O mejor, usemos estos términos, qué importa. Al menos así entenderemos qué tienen los medios con el estigma. Qué ganan a cambio. Es decir, podríamos esforzarnos por entender por qué no comunican, sino que influyen, infusionan, diría, una serie de valores propios que se desean permanezcan por los intereses que sostienen estos medios. *Y para quien esté pensando “Ya estamos como siempre con la conspiranoia de los medios malos malísimos, igual resulta que lo único que pasa es que el redactor informa del hecho y el hecho suele ser violento” hay una respuesta muy clara: cada uno es responsable de lo que elige publicar, qué, cómo y cuándo. Los discursos generan la realidad, y no al contrario.

2. En referencia al estigma, por tanto, los medios de comunicación, las narrativas periodísticas, visuales, fílmicas y literarias, son responsables sin duda de su establecimiento, alimentación y crecimiento. Colaboran pues, en este proceso de tergiversación de los sucesos emocionales que envuelven a un acontecimiento en la realidad, para la consecución de un interés paternalista y violento en todos sus aspectos. Porque si hay una constante que se repite de manera inexorable, rémora de hierro encadenada, es aquella que se refiere al acto de mostrar y utilizar la enfermedad mental como exhibición dirigida hacia las categorías prácticamente exclusivas de la violencia/muerte y compasión/caridad. Así que los medios, que nunca se renuevan en este sentido (porque el conocimiento verdadero sobre lo que es o no es la enfermedad no se está renovando a según que niveles sociales), se despachan a gusto entre dos polos igual de aberrantes (y por qué no, gustosamente lucrativos): el miedo y el desprecio.

3. En el discurso de la mayoría de personas que he conocido con un diagnóstico de enfermedad mental, aparece que el primer culpable/responsable del estigma son los medios de comunicación. Alguien suficientemente escéptico podría pensar que la persona se encuentra tan dentro del típico discurso -demagógico- sobre la enfermedad que ha elegido al típico cabeza de turco. Lo que quizá no sabe nuestro hipotético escéptico es que lo primero que hace una persona cuando es diagnosticada es buscar, intentar establecer una equivalencia entre aquello con lo que la han rebautizado y la información que conoce o hay disponible en los medios. Y resulta que la mayoría de información que tiene es la que siempre han dado esos mismos medios, aquella de los maníacos y los asesinatos, la madre de Norman Bates y el psicópata austríaco de turno, o en el otro polo, la del vídeo con la música terriblemente conmovedora de Enya, Titanic, y hasta Luis Cobos, en la que alguien con enfermedad consigue tejer un cesto de mimbre en un centro lleno de profesionales que salvan este mundo tan perdido. Lo dicho, miedo o caridad.

4. Así que, si es una gran parte del problema, debería ser una gran parte de la solución. Por supuesto. Pero por ahora, habrá que dar una bofetada de realidad: no está el horno para bollos. Es decir, pretender que los medios de comunicación cambien su discurso y no sostengan el estigma es pedir que toda la sociedad cambiara el rumbo hacia lo desconocido. Lo que sí se puede exigir es la confrontación mutua y la denuncia, a fuerza de conocimiento. Porque, al fin y al cabo, el poder de los medios de comunicación viene otorgado de mano del propio consumidor de la información, que no desea contrastarla. Los discursos comienzan como una entidad vacía que el consumidor y repetidor va llenando de significado. La única explicación para la polarización de los actuales medios es ni más ni menos esa, la comodidad. La ley del mínimo esfuerzo. La recompensa del espectador. *¿Cuál es esta recompensa? La de siempre. La que hace funcionar programas como Gran Hermano: “menos mal que yo no soy como aquél”.

Así que de nuevo se presenta una opción que pasa por volver a considerar el esfuerzo como herramienta para el cambio, esfuerzo para contrastar información, esfuerzo para enriquecerla y esfuerzo para denunciar con todas las herramientas que tenemos a nuestro alcance. No se debería olvidar cuánto de desconocido (prácticamente todo) tiene la enfermedad mental y el efecto que eso tiene a diferentes niveles (de consumo, políticos, económicos, de relación social con el otro). El desconocimiento nos hace más vulnerables, más manipulables. Más estigmatizados. El uso deleznable del diagnóstico mental y los acontecimientos que suceden a su alrededor por parte de los medios de comunicación fundamenta un estado donde lo normal establecido por una facción del poder encuentra su consuelo, su seguridad. Estamos, éticamente, como sujetos individuales, llamados a la guerra ideológica de contrainformación veraz, cotejada y accesible.

Juguemos a la contrademagogia.

Sobre salud mental y estigma (III): los normales

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Imagen: Ocean Dome – Martin Parr

Si en un sitio hay 100 personas y 90 son imbéciles,
¿quiere decir que lo normal es ser imbécil? (…) Jaume

Lo normal no existe. Lo normal si existe. Por supuesto que lo normal existe. Es un significante, una presencia en un momento espacio temporal de una cultura determinada. Existe a cada momento, en cada instante presente de nuestra concepción del mundo. Lo normal es una referencia que nos guía y nos prepara para lo desconocido.

Por eso es rotundamente falso. Lo normal es completamente no-verdad, si estamos entendiendo por “verdad” esa “verdad” taxativa que utiliza el discurso autoritario que se establece desde el poder.

Así que lo normal sí existe, pero no como individuo, sino como conjunto de características definidas según la norma. Y esa norma es tan relativa, que encauzar políticas de exclusión, control y desapropiación del individuo vulnerado según la norma es, además de una falacia, un agente estigmatizante principal. Pasa con otras palabras: digamos “violentos”, “democracia”, “responsabilidad”, “mentira”, “pueblo”, “la gente”, “nosotros”. Veremos que cada uno utiliza el término como le conviene, arrojándolo sobre un Otro.

De esta manera, lo normal, que en sí es un concepto que parte de la inocencia amoral de todo signo, se acaba cargando con la humanidad de lo simbólico, convirtiéndose en el baremo discapacitante (para el Otro) al que nos agarramos en caso de turbulencia identitaria. Así, ambivalentes como somos, si la pertenencia es una de las principales motivaciones en el ser humano, la no-pertenencia, el establecimiento del Otro-fuera-de-mí, será la obsesión del sujeto social.

No obstante, veremos que hay dos tipos principales de diferenciación: la que se refiere a la separación necesaria del Otro, (sin ella es imposible el proyecto de constitución de una identidad propia) y la que se basa en una relación de miedo a la diferencia (sin ella tendremos que asumir una parte de nosotros que es terriblemente molesta).

Y como hablamos de estigma y enfermedad mental, hablemos de la segunda función, la puramente estigmática: la del miedo. La evolución, además de smartphones, viajes low-cost, comidas precocinadas y Facebook, nos regala, sobre todo, miedo sin contrapartida. Es decir, de bien seguro que el miedo es constitutivo del ser humano, pero quizá en otros momentos sociales ha sido socorrido -sostenido- por las estructuras culturales de una manera más eficaz que en el momento actual. Quizá porque ahora se utiliza el miedo para vender, no para con-vencer (pasar de una lucha entre sujetos a una lucha por el objeto quizá nos ha dejado un extra de miedo inesperado).

Conforme la estructura social se vuelve menos sólida, el desmoronamiento de todo lo que soporta al sujeto se hace más patente. Se huele. Se puede tocar. El miedo nos cría y criamos con miedo. Compramos felicidad a causa del miedo, pero esa compra aún genera más terror. Es una lógica matemática con un claro perdedor. Esa parece ser la única invariable muestra de herencia. El espacio de seguridad se ha reducido, con lo que sólo parece que lo seguro es temer, el repliegue sobre sí mismo da la tranquilidad de antes del parto. La retirada que pareciera, en algunos casos, llevar a la implosión.

Así que, contra el miedo: el bálsamo del tigre. El bálsamo falso del estigma. Considerar la adquisición de una identidad, de una estructura segura donde moverme como sujeto, a partir de estigmatizar al Otro. Un mecanismo que responde a “yo sé lo que soy, porque no soy tú”. Y, como se comentaba al principio, eso no debería ser nada fuera de lo común (la formación de la propia identidad, de un yo autónomo, pasa por ahí) si no fuese porque se emplea para la humillación del Otro, su eliminación en el discurso, en el verbo y en la carne, el alejamiento de aquel que es diferente a mí, aquello a lo que le tengo tanto miedo.

Porque nunca debemos olvidar que aquello que se estigmatiza se reconoce como propio, nadie impone una marca de separación con aquello que le es completamente ajeno. Y aquí tenemos una de las razones del éxito global, universal, del estigma hacia la esquizofrenia y el resto de diagnósticos y síntomas: la enfermedad mental es demasiado propia a cada ser humano. No hay nadie que no reconozca en la enfermedad lo propio, la imagen de sí mismo que se niega a asumir. La parte de humano, demasiado humano, que nos molesta aceptar a todos.

De esta manera, son más que dudosos los resultados de la mayoría de campañas contra el estigma, tímidas y concretas, que no suelen salir del circuito, como lo son los de las campañas contra el tabaco, la violencia o los accidentes de tráfico. Como siempre, inciden en el hecho, no en la causa. Es decir, apuntan a detener el problema sin que sea entendido por ninguna de las partes afectadas. Así, se consigue un parche que quizá pueda calar en algún individuo, pero ni mucho menos se convierte en poso del que pueda germinar alguna estructura de pensamiento diferente. Cabe pensar, por tanto, que la mejor campaña sería la que comenzara a partir de los profesionales que trabajan en esto (cuestionar sus estigmas profesionales), las familias afectadas (cuestionar los estigmas referentes a la culpa) y las propias personas que han sido diagnosticadas (cuestionando el autoestigma).

Entender lo propio para que el Otro no tenga miedo de lo que a mí también me aterra. Y, por otro lado, entender qué función cumple el estigma en la sociedad “normalizada”, porque absolutamente todos poseemos referencias normalizadas y referencias enfermas con respecto a los funcionamientos y síntomas de los demás.

 

Sobre salud mental y estigma (II): la familia

the lookout winslow homerImagen: Fisherman’s family de Winslow Homer

 

El papel de la familia en la enfermedad mental es ineludible, decisivo y especialmente complejo.

El espacio en que se encuentra la familia, su condición de límite, de transición dinámica entre los diferentes estratos de realidad de la persona diagnosticada, hacen imposible una capacidad de discernimiento suficientemente objetiva acerca de las causas, consecuencias o, simplemente, del manejo de lo cotidiano. El esfuerzo es constante, la sensación de culpabilidad, tan arraigada en nuestra sociedad desde hace siglos, convierte una dificultad indiscutible en una caminata contra un vendaval, fuerzas que arrastran desde diferentes vectores en cuanto a la responsabilidad, el descontrol, la negación o la indiferencia.

Es por este lugar especialmente incómodo de la familia, por lo que en la mayor parte de las ocasiones se instaura un estigma difícil de controlar. Podríamos denominarlo un estigma de lo propio:

  1. En consonancia con lo que la psicología sistémica define (y, de algún modo, con lo que nos dicta el sentido común, estemos o no de acuerdo con esta orientación psicológica), toda parte perteneciente a un sistema no puede ser ajena a aquello que lo perturba o le confiere identidad. Es decir, la familia en la que hay alguna enfermedad diagnosticada, de algún modo ya está dentro de esa enfermedad. Aunque huyamos de explicaciones genéticas, ese “estar dentro” de lo que sea que la persona y su familia entiende por enfermedad, es un constructo mental de facto, real. De esta manera, para la familia es imposible pensar la enfermedad desde fuera, porque hay un vínculo que le confiere estar, inevitablemente, dentro. Así, cualquier decisión, posición o pensamiento acerca de la enfermedad y el familiar que ha sido clasificado con ella, pasa por un tamiz incómodo de pertenencia al diagnóstico que dificulta una cierta distancia que podría ayudar a una posición de ayuda más efectiva (entendiendo efectividad como la mejor solución para cada parte, no la acepción económica). Por tanto, el estigma aflora para aportar la distancia que es virtualmente imposible de una manera radical: oscilando entre dos polos extremos, a través de la negación (“esto no va con nosotros”, “desde que tiene la enfermedad no es mi hijo”, “hemos hecho lo que hemos podido”) o la sobreprotección (“no sabe estar solo”, “qué será de ella cuando muramos”, “no puede valerse por sí mismo”, “no sé qué hicimos mal”).
  2. No es sin consecuencias que una gran parte de las familias en las que hay presente una persona diagnosticada de trastorno mental también tengan sus propios diagnósticos, certificados o no por un psiquiatra. Sin entrar -de nuevo- en las discusiones acerca de si hay una predisposición genética, una disposición de crianza, u otro tipo de influencia parental, lo que queda claro es que el sentimiento de pertenecer al mismo constructo, al mismo etiquetaje, establece una solidaridad o una separación estigmáticas.
  3. La familia, como perteneciente a su vez al estigma del familiar diagnosticado, sufren también las consecuencias de los agentes externos de separación del sistema social (esto es, profesionales sanitarios, sociedad no diagnosticada y medios de comunicación, principalmente). Así, se produce una cierta respuesta replicada, mutada, una metarespuesta de resolución que en ocasiones dobla o reduce a la mitad las distancias para con el sujeto objeto del estigma.
  4. El omnipresente sentimiento de culpa (proyectado e introyectado hacia todas las direcciones, como un haz policromático en un prisma) merece atención exclusiva. Quizá una posible solución sea establecer un discurso con más propiedad, esto es, sustituir culpabilidad por responsabilidad. La primera excava en el pasado para permanecer petrificada desde el dolor. La segunda, la responsabilidad, apela a la necesidad de hacerse cargo de lo propio, tenga la causalidad que tenga.
  5. El propio desconocimiento universal acerca de en qué consiste, qué es, la enfermedad mental provoca una ausencia de respuestas insoportable para la familia (como veremos que ocurre, en realidad, en todos los demás agentes estigmatizantes) que se resuelve mediante el estigma. Porque si bien no se sabe qué es la enfermedad, sí se sabe, con certeza absoluta que en algo toca lo universal, lo propio, lo que atañe a todos y cada uno de nosotros. De esta manera, la pregunta que aparece irresoluble no es qué son los síntomas (algo a lo que suele responder el sistema sanitario cada vez con más concreción), sino qué es la enfermedad, pregunta en la que se engloba una causalidad inherente, inevitable, una demanda de comprensión peculiarmente humana. Por tanto, el esfuerzo que se debe llevar a cabo desde el núcleo familiar es imponente: sublimar las propias y dolorosas dudas acerca de la causalidad de la enfermedad en una atención y escucha a un problema que también es propio. Porque, al fin y al cabo, el síntoma siempre es dirigido hacia un Otro y la familia lo representa en gran medida.
  6. La dificultad de comprensión, soporte y la presencia del estigma externo a los familiares, provoca que estos se asocien para defender y aportar unas herramientas que el Estado o el individuo aislado no es capaz de abarcar. A pesar de recordar la gran labor y la necesidad de este tejido asociativo, la función de visualización y de apoyo real y cercano a los colectivos afectados, siempre habrá que tener presente el peligro del gueto, en lo que a autoestigma se refiere. Así, la comparación con otros colectivos en riesgo de exclusión, la inclusión exclusiva como, precisamente, colectivo, o la presencia de la sintomatología como un extraño adverso contra el que se establece una lucha constante de 365 días al año, pueden perpetuar la presencia incapacitante del estigma para la persona diagnosticada y la propia familia. La batalla se convierte en un bucle del que es difícil escapar. Toda lucha incesante es un vórtice, sobre todo si es contra una parte de uno mismo.

Sobre salud mental y estigma (I): profesionales asistenciales

Une_leçon_clinique_à_la_SalpêtrièreImagen: Lección clínica en la Salpêtrière(1887) de Pierre Andre Brouillet.

 

Estigma es una palabra política. Una representación de la diferencia que, a fuerza de eliminar la visibilidad, establece una visualización concreta pero variable. De esta manera, cuando elaboramos un discurso (esto es, una posición ideológica, semántica, ética) en torno al concepto de estigma es interesante tener en cuenta los diferentes planos en los que se mueve. El estigma contemporáneo que se despliega en relación a la enfermedad mental no es, en absoluto, un conflicto de una sola dirección.

En este sentido, habría que tener en cuenta diferentes agentes presentes en su generación, uso y mantenimiento. Podríamos comenzar aislando, al menos, cinco: los profesionales del sistema sanitario, la familia, “los normales”, los medios de comunicación y el denominado autoestigma, propio de la persona a partir de su señalamiento social (ya sea por medio del diagnóstico o por otros métodos socioculturales).

Comencemos, pues, en este primer capítulo por los primeros, los profesionales del sistema sanitario o asistencial: psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, educadores, trabajadores familiares, auxiliares, gestores, etc.

Para comenzar, no podemos olvidar que el sistema sanitario se construye de facto en relación a los profesionales que comulgan o no con los valores de sus instituciones, equipos, colegas de trabajo, disciplinas u orientaciones (hoy no vamos a hablar de los amamantados por los patrocinios farmacéuticos, que de esos temas ya se encargan otros compañeros como los de Postpsiquiatría). Digan lo que digan, existe una premisa axiomática por la que cada profesional es dueño de su propia decisión en cuanto a la posición, trato y relación para con la persona usuaria de su servicio. Hartan ya las posiciones discursivas de “yo hago lo que me mandan” o “es el protocolo”. Y mejor no hablemos de aquellas que se traducen en un vergonzoso “mira lo que me haces hacer”.

Es fascinante ver cuántos profesionales se quejan de que no pueden cambiar sus actitudes, protocolos o metodologías en favor del otro pero pretenden “enseñar” habilidades sociales en un taller de una hora (este tema dará para otro post entero, cómo no). Nuestras resistencias son desmesuradamente rígidas. Como no podía ser de otra forma, cuanto menos se cuestiona su actuación el profesional, más le exige al otro. Y por supuesto, eso es estigma.

Haced la prueba. Intentad hablar con alguien (siempre generalizando, claro) del ramo sanitario en salud mental (aunque también vale para otros, geriatría, infantil, etc.) y proponedle que se cuestione el lugar que ocupa para la persona con la que trabaja, para aquella a la que pretende ayudar. Muchos dirán que se encuentran en una cruzada para salvar el mundo, en una compasión por el otro digna de la Madre Teresa de Calcuta. Lo dirán con otras palabras, por supuesto, porque la exhibición pornográfica de la caridad no está del todo bien vista. Lo vestirán de protocolos y de buenas intenciones. De orientaciones, disciplina y esquemas de intervención. De sonrisas y ninguna lágrima, claro. De años de experiencia. Huyamos de estos profesionales que, por cierto, son legión. Porque hay que huir de cualquier terapeuta que dice saber lo que el otro necesita. Ahí tenemos, como un pelo en la sopa, a nuestra primera identificación del estigma profesional.

Saber lo que el otro necesita es imposible. Impensable. Es una rotunda imposibilidad que nos estructura como sujetos. Por tanto, quien establece una relación asistencial en función de lo que “cree” que el otro quiere, se convierte en agente generador de diferencia, uno de los peores, ya que es un estigma de ayuda: el establecimiento de una relación de poder en virtud del lugar en que el otro le ha colocado. Así, es en esta posición de saber omnívoro, éticamente obsceno, donde encontramos a aquellos profesionales que han venido a ver la película, personas que ocultan sus propias miserias donando su saber al otro, sin el otro. Personas que, en definitiva, son fácilmente distinguibles por su facilidad de trato con el paciente o usuario (siempre desde la dicotomía azucarillo-latigazo) y su dificultad para con el compañero, subordinado o superior. Y es que este tipo de profesionales sólo sabe funcionar bien cuando detecta, considera o se refiere al otro desde la diferencia. Cuando pone al acompañado como un discapaz, menos válido. Si siente que la relación está establecida de igual a igual, entra en competencia o descontrol.

Porque estamos hablando de la propia dificultad personal y profesional de relación normalizada con el otro, canalizada a través de la práctica terapéutica, donde el profesional se siente fuerte e incuestionable. Es, por inferencia, una evidencia del estigma que deposita en el otro asistido, al que otorga un lugar inferior porque lo excluye de su propio plano relacional. Es el estigma de la relación asistencial basada en el poder.

Por tanto, veremos este estigma, esta marca, en ese profesional que suspira cuando el otro cuenta algo. Que se deleita con la confesión. Oye, pero no escucha; seduce pero no sostiene. Algo que la persona asistida, vulnerada por esta presencia, resuelve por el propio asfixiado a través del engorde (aceptar sin contemplaciones la opinión del profesional), la negación (evitar, contrarrestar, cabalgar sobre el síntoma, luchar allí donde uno fue a descansar) o, por supuesto, la culpa. Síndrome de Estocolmo u odio infinito. No hay otra cosa que hacer con aquellos que se erigen en seudopadres, seudomadres y seudoinstituciones. Huid, huyamos, de ellos. Son los responsables del estigma que mantiene el sentimiento de culpabilidad.

Pero quizá sí que hay algo que se puede hacer: cuestionar. Cuestionémosles. Preguntémosles por sus actuaciones, desde el desconocimiento, desde el derecho de quien trabaja sobre y a través de nuestro cuerpo y nuestra mente.

Y no os preocupéis por su lugar, quien sabe escuchar nunca tendrá miedo de una nueva pregunta.

Declaración de principios

Bienvenidos a Contra·Panóptico.

Vivimos un momento idóneo en la historia de la salud mental para retomar, reconstruir y liberar la voz, el gesto y la palabra.

Cada vez son más las personas que se unen, comparten y equilibran una lucha -porque se trata de eso, de una batalla constante- por la dignidad. Y cada vez son más quienes entendemos que la dignidad -ese significante crucial- pasa por la creación y expansión de paradigmas evolucionados, evolucionantes, que tengan en cuenta la singularidad del ser humano.

El modelo bio-bio-bio que entiende el síntoma como una enfermedad orgánica, ese que funciona como una máquina perfectamente engrasada por el beneficio económico, comienza a hacer aguas gracias al trabajo en red de los que nos oponemos a considerar una estrategia vital -el delirio, la tristeza, la obsesión…- como un error.

El secuestro del conocimiento sobre nuestra locura, nuestras sombras y luces, nuestros límites y nuestras ausencias, ya no es patrimonio de la institución o del poder. Estamos en ese camino hacia la recuperación de lo que siempre fue nuestro. La realidad percibida es nuestro patrimonio por derecho vital.

Contra la obsesión económica del modelo farmacéutico por convertirnos en mercancía. Contra la posición de sumisión y desamparo. Contra la pretensión de cortocircuitar continuamente la contingencia de nuestras soluciones autónomas con mecanismos de poder.

Y como metáfora, alzamos y queremos derribar el Panóptico, el instrumento de vigilancia ubicua. La eliminación de lo individual, el control de la masa. El terrorismo de la homogeneización.

Contra todo eso, se abre este blog como humilde espacio que pretende ser una herramienta más de reflexión y avance en el campo de la salud mental, con la colaboración y el debate de aquellos que paséis por aquí. Contra·Panóptico quiere recuperar el ojo, la mirada. Devolverla a nosotros desde la comprensión del acontecimiento único que es el sujeto. Mirar al sistema que pretende controlar nuestro cuerpo y enfrentarlo con aquello que no puede comprar: la palabra.

Nuestra voz.