“Una patología mental muy oculta”

“Expertos señalan que el copiloto de Germanwings podría padecer una patología mental muy oculta” es el titular que acabo de leer en 20minutos.es. Titular a lo grande, que incluso se encuentra en la cabecera de la web en el momento en que la estoy consultando. Así que ya estamos con lo mismo. Cuatro días después del accidente de avión en los Alpes, la hipótesis del copiloto suicida -y muy loco, muy depresivo, muy ansioso, muy taciturno, muy todo- es prácticamente un axioma, o al menos así nos lo venden los medios. Así nos lo venden desde el primer minuto. Vieron la puerta abierta a sus fantasías como productores de ansia devoradora en el lector. El humano caníbal vuelve a sus pantallas, para bien del espectador. Ni que decir tiene que este giro de acontecimientos ha tenido mucho, muchísimo más beneficio económico para la compañía (no, nuestros aviones son seguros, es el tío este que se le fue la pinza y NOS ENGAÑÓ) y para los medios de comunicación que han podido (¿qué alivio verdad?) poner de nuevo el agujero negro de la patología mental en alza.

Lo que se dice vender a peso cada palabra.

Porque al fin y al cabo se trata de eso, de buscar una explicación/expiación que satisfaga a la mayoría más interesada (que no es la de los familiares, por supuesto, sino la de las compañías y los encargados de poner en juego la concepción de seguridad/inseguridad, otra vez, sí, ellos, los medios de comunicación).

La salida es la de siempre: frente al muro terrible de la incomprensión absoluta por el acto humano, tendamos el puente de la -supuesta- enfermedad. Y bajo ese puente, como siempre, los cuerpos maltratados por el diagnóstico social y médico.

Así que en esta historia ya tardaban en salir estupideces, frases que son como un ogro -es decir, un enorme y mortífero golem carnívoro que otros más listos que él utilizan para conseguir un beneficio- como la que abre esta pequeña reflexión: “una patología mental muy oculta”. ¿Puede ser una frase más idiota? ¿Puede ser más ridículo el empleo de ese “muy”? Ridículo para la práctica periodística, pero dañino, mucho, para la práctica ética de aquello que representa (y de a quién) como significante cultural. Porque ese “muy” significa ni más ni menos que “como ya hemos establecido que la población piense que todo esto es por un diagnóstico, ahora toca establecer que los procedimientos de detección de la intención de estrellar un avión con 150 personas no nos fallaron, es que estaba muy, pero que muy oculta, oiga, y, por supuesto, es consecuencia directa de una enfermedad, mental, la que sea, oculta, ocultísima”. Patético.

En resumen, un tema que no se acaba, la función principal del estigma del síntoma, del diagnóstico, de la enfermedad mental: la de ser el perfecto chivo expiatorio de cualquier incomprensión sobre la conducta. Siempre ha sido así, cambiando su forma pero manteniendo su fin. Esa es su función, la de tranquilizar en masa. Como un conjuro. Se invoca, se conjura a la enfermedad y todos los borregos asentimos, horrorizados pero más tranquilos. ¿Todos? No claro, aquí de lo que no se habla es de todas aquellas personas que están diagnosticadas, clasificadas, relacionadas con algún tema de salud mental. Depresiones, ansiedades, tristeza, suicidio. Palabras que muchas personas atesoran y sufren, sean o no sean reales, están escritas por otros o por uno mismo en la piel. Palabras que, para colmo, son tabú para el sistema, excepto cuando el sistema las necesita para agredir a una parte de la población por salvar a la mayoría.

Así que seguimos como siempre. La diferencia es que cada vez somos menos los que caemos en la trampa. Alguien estrella un avión con 150 personas (si es que, finalmente fue así). No se comprende. Por supuesto que es doloroso. Por supuesto que cuesta de entender. Se culpa a algún diagnóstico, a algún síntoma. Y con eso se olvida, se hace olvidar, que el síntoma es un concepto construido socioculturalmente y expresado por el cuerpo, que el síntoma no te baja el brazo para oprimir un botón; que lo que adolecemos es de ser humanos y que el mismo hombre, la misma mujer que pueden darte la vida y un abrazo cuando más lo necesitas también pueden estrellarse junto a ti. Con o sin síntomas. Porque la vida es un equilibrio precario, porque de eso va esto de vivir y convivir con el otro, de oscuridad y de luz. Eso no es la enfermedad. La enfermedad es eso a lo que, cada día, le ponemos nombre según nos conviene para dejar de tener miedo (o mejor dicho, para tenerlo apartado en un rincón).

¿Y si fuese más útil tener dispositivos que evitan que un hombre solo dirija un avión?

¿Y si las compañías gastaran más en hacer bien su trabajo y menos en difamar a los que trabajan para ellos?

¿Y si dejamos, de una vez por todas, de llamar enfermedad a aquello que no entendemos?

Aquí os dejo el enlace, por si queréis saber de dónde viene el infame título de este post http://www.20minutos.es/noticia/2418388/0/expertos-psicologia-psiquiatria/copiloto-germanwings/patologia-mental-oculta/#xtor=AD-15&xts=467263

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